domingo, 16 de noviembre de 2014

Bien

Delante mío hay una familia marroquí. Son tres mujeres, un hombre y seis niños. El niño del cochecito tiene ganas de soltarse las tiras que lo amarran. El resto van tranquilos, medio dormidos, no hacen nada por llamar la atención, ni siquiera juegan a ser niños. Menos la niña que debe tener unos cuatro años. Me mira, la miro y nos sonreímos. Hincha sus mofletes sin apartar la vista de mí, levanta sus dos deditos índice y los aplasta en su carita para hacer una pedorreta. Me río y hago lo mismo. Así durante las cinco paradas que me llevan hasta casa. Primero ella, luego yo. Y otra vez. Cuando llego a mi estación me acerco a ella y le digo '¡guapa!'. Se ríe y, cuando salgo del vagón, se gira para mirar al andén y me tira un besito. 

Salgo a la calle y veo venir a un chico de unos treinta años que va claramente pedo. Va solo y canta "bona nit, bona nit, bona niiiiiit. Bona nit, bona nit, bona niii-iit!". Cruzarme con él no son más de dos segundos, pero me transmite un buen rollo bestial. Lo va repitiendo mientras me alejo y pienso que tengo ganas de escribir sobre hoy y sobre lo bonita que es la vida a veces. Muchas veces. Tantas veces. 

Qué buen día, qué gran noche. Eco, eco, eco, ¡viva San Xibeco!. Hoy sólo podía terminar así.

'¿Cómo estás?', me preguntan a veces. 'Bien', solo puedo decir, 'muy bien'.


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