A veces pasan cosas y viene gente a casa y escuchamos tan buena música que nos venimos arriba y danzamos y bebemos y nos pintamos la cara de geisha, con mucho polvo de talco y unos rabillos en los ojos a lo Amy Winehouse, y tocamos la guitarra y, sin darnos cuenta y, sin ánimo de molestar, molestamos. Pero es que somos jóvenes y un poco rebeldes y pataliebres y nos gusta pasárnoslo bien de vez en cuando y evadirnos de este mundo que a veces es un poco soso, y reírnos y descojonarnos y darnos mucho amor los unos a los otros, porque no somos de ésos que creen que a partir de cierta edad hay que dedicarse enteramente al running y a la crianza de cachorros y olvidarse de todo lo demás que tanto nos divierte. Y de verdad que, con esa música, jo, ¿cómo no venirse arriba con esa música? Y algún vecino de sueño ligero llama a la policía y cuando abres la puerta, con esas pintas de chiflada que llevas y apestando a alcohol barato, no puedes decirles eso de "¿Fiesta? ¿Qué fiesta?" y te dan ganas de decirles que se han currado mucho el disfraz de madero y que "¡¡Bienvenidoshhh a la parrrtyyy!!", pero te callas y asientes y te disculpas por, vamos, por haberla liao parda.
Y hoy, que ya han pasado unos días y que los vecinos tienen que pasar por tu casa para que les des la nueva llave del portal y que tienes la oportunidad de averiguar quién llamó y de disculparte personalmente y de darles tu teléfono para poder resolver cualquier conflicto futuro sin necesidad de que intervengan las fuerzas de seguridad del Estado resulta que nadie se enteró de nada.
Y es cuando empiezas a pensar que llamó alguno de los amigos que no pudieron venir...

